Soy Juan Carlos Oyanedel. Por qué me importan los datos, las personas y lo que queda entre ambos
A veces intentan reducir mi trabajo a una sola etiqueta: educación, ciudadanía, bienestar o gambling. Pero si hablo en primera persona y sin maquillaje, lo que realmente define mi trayectoria no es un tema aislado. Es una forma de mirar la realidad social: con respeto por la complejidad y con disciplina metodológica.
Me formé como sociólogo, pero muy pronto me atrajo ese punto exacto donde se terminan las frases bonitas y empieza la prueba: cómo medimos un fenómeno, cómo diseñamos una muestra, cómo evitamos sesgos, cómo interpretamos resultados sin confundir opinión con evidencia. Y, sobre todo, cómo logramos que un estudio no sea un objeto decorativo, sino una herramienta útil para comprender y actuar.
Mi formación: tres lentes para entender una sola realidad
Mi punto de partida fue la sociología en la Universidad de Chile. Ahí aprendí algo simple y contundente: la sociedad no es “contexto”, es una estructura que empuja, abre puertas o las cierra. Ese aprendizaje me dejó una obsesión saludable: no explicar el mundo con intuiciones cuando hay formas rigurosas de observarlo.
Más adelante cursé un máster en la Universitat Autònoma de Barcelona en el área de educación y ciencias sociales. Para mí, estudiar educación nunca fue hablar solo de aulas. La educación es una máquina social: organiza oportunidades, moldea expectativas, influye en el bienestar y en la relación de las personas con las instituciones.
Después vino el doctorado: obtuve el grado de Doctor en Derecho en King’s College London (University of London). Mucha gente se pregunta por qué un sociólogo entra a derecho. La respuesta es directa: porque el derecho es el lenguaje formal del Estado. Es el conjunto de reglas que define cómo se ordena una sociedad, cómo se distribuye poder, cómo se configura la confianza y cómo se producen efectos reales en la vida cotidiana.
Dónde trabajo hoy y qué hago en mi día a día
Una parte importante de mi trabajo académico está vinculada a Universidad Andrés Bello (UNAB) en Santiago. En distintos momentos mi trayectoria fue expandiéndose desde la investigación hacia algo igual de relevante: construir una cultura de investigación sólida.
Dirigir un programa doctoral no es, para mí, un trámite administrativo. Es definir estándares: qué significa investigar bien, cómo se sostiene un argumento con datos, cómo se reconoce una limitación y cómo se evita convertir el análisis en propaganda de una idea.
Mi trayectoria académica y roles
| Etapa | Institución | Grado / rol | Enfoque | Enlace |
|---|---|---|---|---|
| Formación | Universidad de Chile | Sociología | Procesos sociales, desigualdad, metodología | Perfil |
| Formación | Universitat Autònoma de Barcelona | Máster | Educación y ciencias sociales | Fuente |
| Formación | King’s College London (University of London) | Doctor en Derecho | Instituciones, reglas, confianza, efectos sociales | Referencia |
| Actualidad | Universidad Andrés Bello (UNAB) | Director de Programa (Doctorado en Educación y Sociedad) | Investigación doctoral, educación y sociedad | Programa |
Mi forma de trabajar: no “cuento historias”, las someto a prueba
En ciencias sociales es fácil caer en dos trampas: el exceso de retórica o la fe ciega en números sin contexto. Yo trato de evitar ambas.
En mi práctica cotidiana me importa:
- Representatividad: quién aparece en la muestra y quién queda fuera.
- Instrumentos: qué mide realmente una pregunta, una escala, un indicador.
- Sesgos: deseabilidad social, no respuesta, distorsiones por diseño.
- Interpretación sobria: describir el fenómeno sin moralizarlo.
Me gusta que un estudio sea como un instrumento bien calibrado: no te da lo que quieres ver, te da lo que está ahí.
Por qué entré al tema del gambling: porque no es “dinero”, es riesgo social
Hay fenómenos que la sociedad prefiere explicar con juicio moral: “si te pasa, es tu culpa”. El gambling suele caer en esa lógica. Pero cuando uno mira datos, aparece algo distinto: la conducta de juego se relaciona con vulnerabilidad, estrés, disponibilidad de productos, diseño digital, publicidad y contextos de vida.
Con colegas publicamos un estudio en Scientific Reports sobre problem gambling y bienestar subjetivo usando una muestra representativa en Santiago. Para mí esa investigación fue importante por dos razones:
- No se queda solo en casos extremos (clínicos), sino que observa la población general y permite ver gradientes de riesgo.
- Vincula conducta y bienestar de manera medible, no como intuición.
Mis publicaciones: la huella que va quedando
No veo mi lista de publicaciones como una vitrina. La veo como un mapa: bienestar, instituciones, ciudadanía, educación, conducta proambiental, derecho como estructura social y, más recientemente, gambling como riesgo público.
| Año | Título | Dónde | Enlaces |
|---|---|---|---|
| 2024 | Problem gambling and subjective well-being (Santiago, Chile) | Scientific Reports | Nature · Registro UNAB |
| 2023 | Ciudadanía convencional y no convencional… | Revista de Psicología (PUCP) | PUCP |
| 2019 | Conclusions (chapter on Criminal Procedure Reform) | Springer (capítulo de libro) | Springer |
| 2015 | Understanding attitudes and pro-environmental behaviors… | Sustainability (MDPI) | MDPI |
| — | Mi perfil de publicaciones y citas | Google Scholar | Scholar |
Cómo pienso la prevención: del gesto simbólico a la arquitectura de la protección
Cuando se habla de gambling, muchas veces lo único que aparece es el mensaje genérico de “juega responsablemente”. Yo no niego el valor simbólico, pero si hablamos de reducir daño a nivel poblacional, hay que ir más allá: necesitamos una arquitectura de prevención.
Mi marco mental sobre prevención: de lo simbólico a lo estructural
| Nivel | Ejemplo | Qué aporta | Límite / riesgo |
|---|---|---|---|
| Simbólico | mensajes genéricos y avisos de “juego responsable” | visibiliza el tema | rara vez cambia conducta sin límites reales |
| Conductual | autoexclusión, recordatorios de tiempo/dinero | puede ayudar a quien ya está motivado | depende del autocontrol; los vulnerables “se escapan” |
| Estructural | límites obligatorios, diseño sin “aceleradores”, regulación de publicidad | reduce riesgo a escala poblacional | requiere control, transparencia y voluntad política |
| Clínico | detección temprana, acceso a terapia y apoyo | sirve cuando el problema ya está instalado | si el acceso es débil, se queda en el papel |
Lo que quiero que se entienda de mí, sin “personaje” académico
No me interesa sonar como un “experto universal”. Me interesa hacer ciencia social de una manera honesta:
- hacer preguntas que se puedan comprobar,
- no ajustar conclusiones para que queden bonitas,
- reconocer límites y sesgos,
- y hablar de temas sensibles (como gambling) sin moralizar.
Si mis trabajos ayudan a que alguien —un investigador, un docente, un regulador— vea con más claridad cómo se organiza la realidad social, entonces siento que la línea de mi trayectoria tiene sentido.
Cómo llegué a obsesionarme con la “cocina” de los datos
Con el tiempo descubrí que muchas discusiones públicas funcionan como un teatro: una parte del público quiere certezas rápidas, otra parte quiere culpables, y casi nadie quiere hablar de los detalles que realmente cambian el resultado. En investigación social, esos detalles son la cocina: muestra, instrumento, sesgos, ponderaciones, tasas de no respuesta, formulación de preguntas. A mí esa cocina me interesa más que el escenario.
No lo digo por fetichismo metodológico. Lo digo porque ahí es donde se decide si un estudio sirve o no. Puedes tener una pregunta brillante, pero si tu diseño está torcido, la respuesta va a salir torcida también. Y luego ese resultado se va a repetir en titulares, informes y decisiones. Es un efecto dominó.
Por eso, cuando trabajo con fenómenos sensibles —como bienestar subjetivo, ciudadanía o gambling— me esfuerzo en dos direcciones a la vez. Primero: que los datos sean defendibles. Segundo: que la interpretación sea humana, que no convierta a las personas en categorías frías. La buena ciencia social, para mí, es esa tensión: precisión sin deshumanización.
Educación: el lugar donde se cruzan biografías y estructuras
En educación hay algo que siempre me pareció brutal: con frecuencia se habla de “mérito” como si fuera una fuerza pura, aislada. Pero cuando miras trayectorias reales, el mérito casi nunca camina solo. Camina con transporte, con seguridad, con estabilidad familiar, con salud mental, con expectativas culturales, con redes, con el barrio, con el tipo de escuela, con el tiempo disponible para estudiar, con la posibilidad de fallar sin perderlo todo.
En ese sentido, estudiar educación no fue para mí un acto romántico. Fue un acto pragmático: entender cómo se produce la desigualdad en la vida cotidiana, en pequeñas decisiones y microeventos que, acumulados, construyen una vida completa. Y ahí aparece mi otra obsesión: cómo medimos eso sin caer en el cliché.
Cuando dirijo un programa doctoral, la pregunta que me hago es simple: ¿estamos formando investigadores capaces de ver esa complejidad y, al mismo tiempo, de producir evidencia sólida? Porque si no, lo que queda es el espectáculo: frases inteligentes, sí, pero frágiles.
Derecho: el esqueleto invisible del comportamiento social
Mi formación en derecho no nació de un interés abstracto por normas. Nació de un hecho concreto: la gente toma decisiones dentro de marcos institucionales. A veces no lo nota, pero lo vive. Formularios, procedimientos, sanciones, incentivos, burocracia, garantías, vacíos, asimetrías. El derecho es una forma de distribuir poder, proteger o desproteger, y también una forma de instalar expectativas: qué es justo, qué es legítimo, qué es posible.
Y eso se conecta directamente con mis temas de investigación. La confianza en instituciones, la ciudadanía, el bienestar subjetivo, incluso el gambling, no flotan en el aire: se construyen en interacción con estructuras. Por eso me interesa mirar el fenómeno como sistema, no como “vicio individual”. En un sistema, cambias un engranaje y cambia el comportamiento agregado.
Gambling: lo que me molesta de la narrativa fácil
Hay algo que me incomoda profundamente: cuando un tema complejo se reduce a moralina. “Si juega, es irresponsable”. “Si pierde, es porque quiso”. Esa narrativa es cómoda, porque evita preguntas difíciles. Evita hablar de publicidad agresiva, de productos diseñados para maximizar permanencia, de accesibilidad digital 24/7, de vulnerabilidad emocional, de estrés económico, de soledad, de falta de apoyo.
Cuando trabajé con datos de gambling, lo que vi fue otra cosa: vi gradientes. No todo el que juega tiene un problema. Pero existe una franja donde el juego deja de ser ocio y empieza a funcionar como regulador emocional: una herramienta para anestesiar ansiedad, vacío o frustración. Y cuando eso se combina con un entorno que facilita la escalada —más velocidad, más estímulo, menos fricción— el riesgo crece.
Para mí, el verdadero punto no es demonizar. Es entender, medir con cuidado y luego diseñar respuestas que no sean un placebo. “Juega responsablemente” puede ser un gesto. Pero si no hay medidas estructurales, la población vulnerable seguirá pagando el costo.
La pregunta que guía mi trabajo (y que casi nunca aparece en público)
Hay una pregunta silenciosa que siempre me acompaña: ¿qué parte del problema está en la persona y qué parte está en el sistema?
Si solo miras a la persona, terminas culpando. Si solo miras al sistema, terminas negando agencia. La realidad está en el punto intermedio, y ahí es donde me interesa trabajar.
Por eso insisto en una ciencia social que no sea “militancia con números” ni “estadística sin alma”. Me interesa que el resultado sea útil: que ayude a un docente, a un regulador, a un periodista serio, a un investigador joven que está aprendiendo a no enamorarse de su hipótesis.
Lo que intento enseñar a quien investiga conmigo
Cuando acompaño procesos doctorales o proyectos de investigación, suelo repetir tres reglas, casi como un ritual:
- La muestra manda. Si tu muestra está sesgada, tu conclusión también lo estará, aunque uses modelos sofisticados.
- La pregunta manda. Una pregunta mal formulada produce respuestas inútiles. Y lo peor: produce ilusión de certeza.
- La interpretación manda. Puedes tener datos correctos y, aun así, contar una historia incorrecta si fuerzas la lectura.
La investigación no se trata de ganar debates. Se trata de construir algo que resista. Algo que pueda ser replicado, discutido, criticado y, aun así, seguir de pie.
| Principio | Cómo lo aplico | Riesgo si se ignora |
|---|---|---|
| Representatividad | Diseño de muestra y control de sesgos antes del análisis | Conclusiones que no describen a la población real |
| Instrumentos claros | Preguntas medibles, escalas coherentes, validación conceptual | Medir “otra cosa” creyendo que medimos lo correcto |
| Interpretación sobria | Evitar moralizar; explicar límites y alternativas | Narrativas fáciles que dañan el debate público |
| Utilidad pública | Convertir hallazgos en lectura comprensible para decisiones reales | Investigación que queda encerrada en la academia |
Lo que espero que pase con mis investigaciones
No aspiro a ser un nombre “de moda”. Aspiro a que mi trabajo sea una pieza confiable en una conversación compleja.
Si investigamos gambling, que no sea para escandalizar ni para normalizar sin límites, sino para comprender y reducir daño. Si investigamos bienestar, que no sea para vender optimismo, sino para ver dónde duele y por qué. Si investigamos ciudadanía, que no sea para idealizar participación, sino para entender cómo la gente se vincula (o se desconecta) de lo común.
Yo sigo creyendo en algo que suena antiguo: que los datos, cuando se usan con cuidado, pueden mejorar el modo en que una sociedad se mira a sí misma. Y si esa mirada se vuelve más clara, entonces quizá la acción —la política pública, la prevención, la educación— también puede volverse más justa.


